sábado, 16 de enero de 2010

EL CACHORRITO


El silencio no pudo ayudar a Antoine a conciliar el sueño aquella noche, por ello no parecía asustado ni sorprendido cuando el magnetofón-grabador de Sara se posicionó entre su cara y la de la periodista. Aquella mudez, sin duda, era oriunda del mismísimo infierno, habían pasado ya nueve días desde el terremoto y esa había sido la única noche en la que el llanto no había paseado su estribillo desesperante por las calles de la zona sur de Puerto Príncipe.

Antoine había trabajado durante toda su vida como conductor de un autobús destartalado que realizaba el recorrido hacia el interior y la República Dominicana por la autopista 102. Entonces llegó la crisis del 2004 y la caída del gobierno de Jean-Bertrand Aristide. No fue lo único que se perdió en Haití aquel año; Chantal, su esposa, moría acribillada a balazos en una calle de la capital. Fue entonces cuando abandonó su empleo para criar a su hija Mary. La intervención de su primo Pierre Rigueur, que era profesor en la Universidad del Estado de Haiti, le ayudó a conseguir un empleo de conserje en el Museo Nacional de la Caña de Azúcar, en el Boulevard 15 de Octubre; y era aquí donde se encontraba cuando le sorprendió la catástrofe.

Había caminado durante un día entero para llegar hasta la zona sur, la zona más afectada por el terremoto, y por ende, donde vivía junto a su hija y su cuñada, también viuda. Donde se hallaba su casa encontró en su lugar una abigarrada montaña de escombros. El llanto y la desesperación inundaron su alma; destrozó sus ya maltrechos huesos retirando escombros con la intención de encontrar a su hijita. Tras horas cavando, pudo vislumbrar en la oscuridad del atardecer, el lacito rosa con que, en la mañana del terremoto, su cuñada había trenzado el pelo de Mary. Pidió ayuda desesperadamente, no la recibió.

Los supervivientes de la capital deambulaban por sus calles en busca de sus familiares desaparecidos, enterrando donde podían a sus muertos o tratando de abordar las ruinas de supermercados para hacerse con un cartón de leche o encontrar entre los escombros algo que llevarse a la boca. La angustia había llevado a algunos a formar murallas con cadáveres con el fin de bloquear las calles en una suerte de protesta desesperada por la lentitud de la llegada de las ayudas. Y es que, uno podía recorrer las calles de la ciudad destruida durante horas sin encontrarse ni un rastro de ayuda internacional.

Como pudo, Antoine sacó el cuerpo destrozado y sin vida de Mary de debajo de los cascotes y lo apoyó encima de un viejo tablazón que pensaba utilizar como camilla, tapo su cuerpo con lo que parecía una sabana raída y se dispuso a continuar con su desesperada búsqueda; su intención ahora, era la de encontrar, algo de lo que ya estaba seguro, el cadáver de su cuñada Viviane.

Cuando los primeros rayos de sol se dejaron ver a través del humo y la bruma, Antoine perdió toda esperanza de encontrar a Viviane, se desplomó sobre la tierra, y sin dejar de llorar, formuló una plegaria en honor de su cuñada. Tomó la improvisada camilla donde se encontraba el cuerpo de Mary y se dispuso a darle sepultura. Era ya mediodía cuando Antoine llegó al cementerio Carrefour Academie, en el acomodado barrio de Petion Ville; cuando el sol ya estaba en todo lo alto y el olor a descomposición lo inundaba todo. Había caminado durante horas arrastrando el cadáver de su hija con la intención de enterrarla con sus propias manos. Llevaba un palo grueso y había colocado dos ramitas de hierba buena en los orificios de la nariz de Mary. Los sepultureros le cerraron el paso. Le dicen que tendrá que pagar unos centavos o tirar a su hija en una de las muchas fosas comunes de la ciudad.

A Antoine le pudo la rabia, enseñó su palo agitándolo en señal de lo que puede llegar a hacer un hombre desesperado. Uno de los sepultureros se abalanzó sobre él y este le respondió con un contundente garrotazo que inmediatamente hizo brotar la sangre a borbotones de la cabeza del iracundo sepulturero. El resto atemorizados se apartaron del camino de Antoine que finalmente consiguió entrar en el camposanto con su hija muerta.

De camino a un trozo de tierra libre pasó junto a un grupo de cadáveres que se descomponían al sol y a los que nadie se había preocupado de enterrar. El olor a muerte y el calor asfixiante le hacían dar arcadas. Creyó ver, a uno de los cuerpos retorciéndose entre la putrefacta carne de sus compañeros, detuvo su marcha, alzó su cabeza y tras asegurarse de que el supuesto movimiento solo había sido una maldita broma de las sombras que proyecta el sol en su cenit, continuó su camino… tras unos metros, se giró para mirar de nuevo. Antoine se perdió llorando por un paisaje dantesco.

De regreso Antoine se estancó frente de la pila de cadáveres, haciendo un esfuerzo sobrehumano para soportar el terrible hedor, se acercó para observar mejor y ahora si pudo distinguir un suave balanceo debajo del brazo de uno de los cuerpos. Rápidamente aparto el cuerpo sin vida que cubría lo que él creía pudiese ser un superviviente, cuál fue su sorpresa cuando descubrió un pequeño cachorrito de pequinés, probablemente propiedad de algún potentado de la zona residencial cercana al cementerio. El perrito estaba muy débil y profundamente aturdido y asustado. Antoine lo cogió entre sus brazos, lo miró con ternura y se alejó del lugar camino de la zona sur.

Sara realiza las preguntas de rigor a Antoine: -“¿Dónde le sorprendió el terremoto?, ¿Perdió a algún familiar?, ¿Cuál es su nombre?” Este responde amablemente al caro artefacto electrónico de Sara, pero luego, cuando ve que eso era todo, pregunta con un tono incipiente de rabia y desesperación: - “¿Eso es todo?, ¿Solo quería hablar? ¿Cuándo vendrá alguien que no solo quiera hablar y nos traiga un poco de ayuda?” Sara entre sorprendida y asustada saca de su mochila una barrita energética y se la ofrece a Antoine. En ese instante Antoine rompe a llorar y roto de dolor le dice a la periodista: “No tengo hambre, hoy desayuné cachorrito… me comí al cachorrito, me comí al cachorrito…” Y se abraza a los pies de Sara como un niño asustado.

martes, 5 de enero de 2010

AMIGOS.


Entonces nos encontraremos otra vez después de varios años
Varios años siguiendo adelante tras las ausencias,
Movimientos alrededor de nosotros gastarán las memorias,
Tiempo que pasaremos persiguiendo las sombras de otros.

El invierno y la primavera, el verano y la caída
Como surfistas de viento que cruzan el espacio
Surge ese barco detrás y parece revolver las murallas
De anécdotas, mujeres, alcohol y camaradería

Tú estás encima del dedo del pie de alguna chica al bailar.
Yo camino por la platea de la incertidumbre en la línea del coro.
El río y el mar, recogiendo la sal. Por el aire aparece una nube.
Donde se nos ve más jóvenes, donde reímos sin parar.

martes, 29 de diciembre de 2009

SIEMPRE ACTUAS DURO


¿Qué tal, chica hielo? Siempre actúas duro.
Imaginaba que esto estaba en ti, no duele nada.
He esperado demasiado tiempo, tras el muro.
Debiste hacer perchero de mí, antes de hacer la fosa.


Muy bien, lo acepto. Eres formal no por tradición.
Nada de lo que puedas decir reflejará lo que sientes.
Porque, te encuentras vulnerable cuando abro tú cajón.
Porque es sencillo vislumbrar cuando tu cuerpo no miente.


Podrías perder el control, perder la lengua.
Perderme a mí susurrando a mí oído cuando encubras.
Que quieres, esta noche perder las riendas.
Terminar mirándome de lado desde las alturas.


Nada de lo que digas va a cambiar como me siento.
¿Qué es por tanto para ti el amor? Juguetear con los límites.
Los dos estamos jugando y no podemos hacerlo en silencio.
Los dos jugamos, con la esperanza de quiméricos amores.


Vamos a ser valientes pues, y ocupar nuestro lugar.
La historia podrá ser solo como nosotros ambicionemos.
Nos acostumbraron a aceptar solo media felicidad.
Somos dos almas perdidas en la realidad que deseamos.
La que tú deseas, la que yo deseo… Bien; ¿quizás nos queremos?

domingo, 22 de noviembre de 2009

EL CAZADOR DE YACARÉS


El amanecer en la cuenca del Orinoco siempre es diferente, el de hoy es mágico.

El filo de la mañana se desdibuja en la niebla del río. Como una misteriosa cenefa, las lejanas orillas van pasando lentamente. Los empañados cristales de agua se hacen añicos en silencio y notas el vuelo de un solo pájaro alejándose, flotando y fundiéndose con los misteriosos sonidos de los canales.

Gené Sequeiros, el chamán, el día en que nací, escupió una joya verde en las verdes profundidades, empujó su embarcación hacia un destino atemporal y regresó a los arboles bajo los que quizás fui concebido, se detuvo y mirando hacia mi madre, le dijo: -“Será cazador de Yacarés”. Después suspiró, se arregló el sombrero y siguió su camino.

Evocar las viejas historias, siempre me ha entristecido, así que, quizás la caza me sirva de alivio, como un interludio, para poner en orden las ideas, para descubrir por qué me preocupa tanto… Así pues me sumerjo.

El fondo del río es fosco y desordenado, hay latas oxidadas a mis pies y voy penetrando en la penumbra movediza… entonces lo veo, uno de los más grandes que he visto nunca, un monstruo y va a por mí. Se sumerge silencioso, es el perfecto asesino; se hincha escondido tras las arcillas del fondo. Como un proyectil verde, oculto pero peligroso, como un anhelo acallado. Rodeo su cuerpo, frio y resbaladizo, y lucho contra él tratando de identificar mediante el tacto una forma oculta a modo de punto débil. Lo consigo.

Saciado brevemente por el regocijo de la caza suelto al animal y le veo caer, le veo ir a hundir la cara en el cieno y los sedimentos del fondo de donde había venido, mi victoria está asegurada… le perdono, le dejo ir… por el momento.

Ella me espera en la orilla, me dirige una mirada de interrogación…pero no me presiona, sabe que le contaré todo cuando esté preparado, me conoce y conoce mi forma de ser.

Caminamos, los arboles dan forma a nuestro silencio, un silencio digno de la Isla de Pascua, conservado por respeto a estas presencias antiguas y gigantescas. Desde mi llegada a la orilla nos hemos besado, hemos hablado, nos hemos abrazado… y nada más. Lo que no hemos hecho está suspendido en el aire que nos separa y le da a ese pequeñísimo espacio más significado del que tenemos nosotros. Y no nos detenemos hasta que nuestro desplazado deseo parece estar en cada golpe de viento y brizna de hierba, y nos miramos… y sonreímos. Hemos dicho tanto con tan pocas palabras. He visto soles lejanos en el delta, pero no son nada comparados con la timidez de los amantes conocidos, que en la preparación del amor vuelven a ser fascinantes extraños. Y sientes que en todas tus solitarias orbitas ella era el planeta y yo el satélite, hasta que su gravedad me reclamó, me devolvió a casa.

Su aroma, las nubes de alabastro veteado de lluvia que caen en ráfagas sobre sus cumbres, sobre las dunas de sus bancos de nieve. Crece la tensión superficial que nos aprieta en la cara, en las piernas. Soy la hierba que hay bajo sus pies. Coge un fruto, indefenso en sus manos, lo acerca a su boca, lo acarician sus labios que se separan y espero ante su lengua que es como un manto de rosas con dorados hilos de saliva como riendas. Es la señal…empieza el tiempo fuera del tiempo.

Hundo mi cara en su bosque perfumado de zarzas, dobladas por el rocío blando de mi lengua. La boca de un volcán, trenzada en el vapor… un fuego hundido en su núcleo, en su corazón rojo y anegado de mena. No es solo el deseo lo que acelera mis manos e infla sus velas. Pero hay deseo.

Me quiere.

Con gritos diminutos, medidos… como si la hundieran lentamente en un agua demasiado fría o demasiado caliente. La recorro con los dedos que son perros sin correa en el parque de su espalda donde caen pequeñas hojas y pétalos aplastados.

No me quiere.

Soy la roca blindada de lapas, ella es la marea… espuma blanca flota bajo su cuello, sus hombros. El mar y la orilla, chocamos, caemos hechos pedazos,… chocamos, caemos.

Me quiere.

En una tierna unión, en la que convergen nuestros dos mundos comienza el incendio, me pierdo en sus cuevas y ella aúlla, y su grito es como el fuego de la jungla.

No me quiere.

Su mundo y el mío atrapados en una órbita de colisión, giran cada vez más rápido, se entrelazan aún más, desesperados, ante el impacto final… nuestro sublime apocalipsis, y sí, y no, y sí me quiere, y no me quiere,… y ya no importa.

Y tras el amor se duerme…

Es muy humano afirmar la vida con tanto empeño, tan físicamente entregando el cuerpo a un antiguo y rudimentario cerebro pélvico, y después permitir que cese toda esa vitalidad. Marcar un contraste entre esos momentos apasionados y carnales y las largas horas de letargo… Es muy humano… pero cada vez yo lo soy menos, así que ella duerme, y yo velo.

Aunque la carne debe descansar he superado ya esas necesidades, los únicos impulsos humanos que me quedan son solo los que he decidido conservar. Los demás ardieron cuando maté al primer Yacaré, la noche en que estalló mi mundo cómodo y seguro, y sus restos se hundieron en el río, los devoró, quedaron reducidos a un cuerpo hueco y de aquellos horribles restos surgió un dios del bosque, surgió el cazador.

Aun con todo, no puedo arreglar el mundo, su mundo, mi mundo… me siento y pienso toda la noche sobre ello y tras tomar una terrible decisión dejo de pensar, mi humanidad y su humanidad deben triunfar o fracasar por sus propias cualidades, más no por nuestro empeño. Pero ahora es nuestro momento, hasta que el momento muera, aún después solo si puede ser. Y duermo solo porque quiero.

A la mañana, le palpitan los parpados como polillas que intentan escapar del espeso fango del sueño. Desayunamos fruta fresca, la miro mientras se limpia el zumo de la barbilla y le queda el brillo de la piel tensa en la palma de la mano. Después paseamos, me sonríe, nos besamos, saboreamos el nuevo día, todos sus aromas y todas sus promesas…

Pero el día se enluta al adentrarnos en el abigarrado bosque galería que circunda el pantanal, yo no me he dado cuenta, me encuentro absorto mirándola, su media sonrisa, su rubia cabellera, sus pequeños senos goteados en sudor cual rocío sobre naranjas y esa mirada expectante y sencilla que me tranquiliza y me da la vida. Él sin embargo la observa de otro modo…

Nunca sabré por qué le dejé con vida, por qué no obedecí a mi naturaleza y partí su cuello como mil veces hice en el pasado. De sobra sé que un yacaré herido en su orgullo es más letal y vengativo aún que uno herido físicamente. El golpe de su cola es tremendo, pierdo el sentido y no tengo tiempo de reaccionar… Al despertar solo veo sangre, un gran charco de sangre… Y grito. Ya solo grito.

domingo, 8 de noviembre de 2009

VIVR DONDE VIVO


Montado sobre mis conocimientos
Qué confiado adquirí de forma rara
Será lo que quede en mi historia registrada
En la cinta que narre todos los momentos


Seguramente, no todos permanezcan
Y en constelaciones el pionero quede definido
El mismo que siempre he compartido
Con los que de modo intrigante me adormezcan


Esta pequeña confianza secreta
Pues creo saber cuál es la causa
Nace de decir la verdad que arrasa
En las mentes de aquellos que no respetas


Nadie, alguna vez sabrá que esto
Solo tendrá sentido si el enemigo escucha
Porque si no es conversación de nadie
Y ya no tendrá clara cuál es la lucha


Este discurso que surge de la simpleza
Pero de la más difícil y escarpada
Una vez descubierta es mala hermana
Y ya no te abandona la tristeza


Pero siempre queda la esperanza
Que vive en los que amas en tu tierra
Cientos de almas con corazón de sierra
Definidos por el trabajo y la templanza


Y es que a estos no hay que convencerlos
Hay que dejarse convencer por sus discursos
Ese que surge de echarle a la vida pulsos
Del que risas y lágrimas forman sus alientos

viernes, 23 de octubre de 2009

SOMOS EL FUTURO


Romay esperaba a las 7:45 p.m. en la parada del 25. A esa hora había quedado con sus compañeros de clase pero estaba acostumbrado a que lo esperara todo el mundo. No le parecían la gente más interesante de la ciudad, ni siquiera le caían bien, pero entre ellos se encontraba Seny que se caracterizaba por suministrar, sin esperar nada a cambio, al personal que lo acompañaba de cantidades ingentes de cocaína. A las 7:53 pasó el autobús, llegaría algo tarde pero seguro que lo esperarían.

Cansado, hastiado y un poco desesperado, la línea 25 siempre se había caracterizado por ser la más estridente a cualquier hora. Se llenaba de críos pastilleros, mucha “Yoli” siliconada y mucho “sucio perroflauta”. Pero a Romay siempre le había parecido la que mejor se adaptaba a su estado de ánimo cuando tenía la “sana” intención de drogarse hasta el amanecer. Y es que siempre terminaba entablando conversación con alguno de sus ocupantes, se contaban alguna que otra trivialidad, y como premio por este viaje a la mediocridad, siempre solía caer, algún que otro porro para abrir boca. No obstante, Aquel día parecía más muerta que nunca, de ahí su desesperación, ya que tan solo llevaba por acompañantes a un par de mariconas locas emplumadas, puestísimas hasta los ojos y a un calvo con pajarita. Esta situación le hizo recordar la vez que se la chupo a un viejo a la salida de la sala Hermes por unas pirulas. Hoy, aún no estaba tan desesperado.

El autobús paró en la plaza a las 8:20 y para esa hora ya todo el mundo estaba en el cajero de la General. Cuando lo vieron llegar, le recibieron con un sinfín de loas y vítores, Mamen lo abrazó y clavó sus pezones en su pecho, él le correspondió con un pequeño restregón en sus nalgas. Antoñito le saludó como si se conocieran de toda la vida, esto solía asquear un poco a Romay, pero consideró que en aquella ocasión tenía que disimular, y se sumó de forma displicente a aquella pseudoapoteosis de esplendido compañerismo. De soslayo, miró con el rabillo del ojo a Seny, como esperando la respuesta a una pregunta sobrentendida; este le sonrió y le contestó enseñándole una bolsita de pastillas amarillas. Ahora todo estaba en su sitio, Romay aplaudió y aulló como un lobo. Todos lo imitaron.

Desde muy pequeño Romay tenía asumido que pasaría la mayoría de sus días en este mundo rodeado de aduladores, esta situación resultaba del hecho de ser el hijo de una de las fortunas más importantes de la ciudad. De igual modo, a esto también ayudaba que a él le gustara ofrecer un aspecto para nada prosaico. Era un chico rubio, de complexión solida y aire serio, con una cabeza grande pero ajustada a su cuerpo, su rostro era de rasgos gruesos pero dulces, siempre vestía elegantemente, a la última moda. En su porte, en su melena y en su faz se notaba algo de noble, de leonino. En esta edad de modernidad, era el más moderno. Su cuenta corriente sin fondo, le permitía ser así. Todo lo que le rodeaba era interesante. Disfrutaba devorando las mejores carnes, el mejor vino y el más asombroso lujo. Sus opiniones siempre eran apoyadas por su “camarilla” de lisonjeros, aunque nunca se “mojaba” a la hora de las conversaciones trascendentales. Solía quejarse de esta situación continuamente pero en realidad le encantaba.

Llegaron al restaurante a las 9 en punto. Romay tenía claro que le tocaría pagar, le gustaba lo mejor, y sabe que tendría que hacerse cargo de la cuenta, además, y si entrara algún conocido de la familia. “Estos mierdas son unos gorrones y no tienen un puto duro” pensaba; “pero mejor esto que estar solo”. Pidió foie gras y lo consumió con postergación. Samuel y Antoñito devoraban como hienas, daban asco. Seny pasó al baño, esa era la señal, primero pasarían los gorrones, luego Mamen y Romay.

Al regresar a la mesa, “los mierdas” ya habían dado fin al foie y no habían tocado la ensalada, además se tomaron la licencia de pedir champaña del bueno. “¡No, si encima vaís a tener buen gusto!” les dijo. Las burbujas se realzaban como notas de música en las copas, Romay sonreía, el material de Seny era muy bueno y actuaba con celeridad. Por un momento, Romay sintió algo parecido a la angustia. ¡Qué coño! Exclamó con fuerza, tenerse lastima no le iba a salvar a estas alturas.

Tras este pequeño “lapsus”, sin duda a causa de las drogas de Seny. Romay se dedicó a disfrutar de la velada y engulló todo ese lujo. Alguien inició una conversación sobre un tema de candente actualidad, de las que exigen decantarse por una opción para así determinar cuál es el código moral que guía nuestros pasos. Romay nunca opinaba, y no iba a ser diferente en esta ocasión, le incomodaban estas conversaciones, no se podía permitir el mostrar a los demás sus debilidades, por esto a todos les parecía un tipo encantador. En ese instante Mamen le besó apasionadamente, le había salvado sin saberlo, ya que la intensidad del acercamiento interrumpió la conversación, despertando la envidia de los presentes. Aun así, Romay ya no sentía nada por un beso, desde hace mucho, las muestras de cariño le son indiferentes, cuando se separaron Romay sonrió y encendió un cigarrillo. Durante un instante pensó que ni él ni sus padres nunca habían sufrido, vivía en un sueño donde los 60 y los 70 no existieron, era mejor armonizarse con el conformismo que otorgaba el dinero surgido del sacrificio de papa.

La cena no estuvo nada mal, tampoco habían sido “ambrosias divinas”, pero resultó aceptable para 150 euros. Dieron un paseo por la avenida saludando a excéntricos conocidos con sombreros de colores, eso sí, la pose había de caracterizarse por una actitud pasivo-agresiva, es lo que estaba de moda. Las chicas se ajustaban a resultar aburridas aspirando las caras de cada uno, pero asegurándose de no pasar desapercibidas. Romay tragaba las píldoras de Seny con completo desdén y animó a sus compañeros a realizar una parada en el parque y esperar que la cocaína salvase el primer bajón de la noche. El centro de la ciudad resultaba ser como un vampiro que absorbía la alegría simple, Romay era consciente de que dentro de poco tendría que hacerse cargo del negocio familiar y añoraría estos dorados años de corrupción. La gente tiene miedo a armonizarse sobre la travesía de este mundo, y desaparecer así. Hay que ser importante.

El parque parecía más lóbrego que nunca, desde que se sentaron en el banco que da al estanque nadie había pasado por los alrededores; ni la típica pareja dispuesta a dar rienda suelta a sus más bajas pasiones, ni el típico grupo de niñatos pijos cantando alguna canción “dura” de Mago de Oz. No obstante nadie estaba pendiente de esta situación, nadie salvo Romay, desde que comenzó la velada no había podido evitar sentir que estaba a punto de perder algo importante. Aún así no vio aparecer a “el Tirao”.

El Tirao no tenía nombre, al menos uno que el mismo recordase de su infancia, salvo el de Tirao. De hecho, es muy probable que no hubiese tenido una infancia al uso, con amigos, juguetes, padres que te arropan por las noches. Vivía en la ciudad, la ciudad entendida en su más amplio espectro, en sus calles, parques, plazas. Había llegado a la ciudad hacía ya dos o tres años y pasaba los días deambulando de aquí para allá bebiendo vino barato y gorroneando de los sobras de los botellones. Solía dormir en el soterramiento del rio, junto con las ratas y lo más florido del biotopo urbano. Comía en los comedores asistenciales cuando se acordaba aunque la mayoría de las veces se “deleitaba” con las mieles del contenedor del Mercadona. Apestaba y la suciedad cubría su cuerpo y sus ropajes, sin duda, provocaba la repulsión de todo el que pasaba por su lado. Era alto, un poco cargado de espaldas, vestía con negligencia, evidentemente por la necesidad y era feo de cara. Sus labios gruesos y cuarteados, su nariz aguileña y su mirada pálida, indiferente le daban un aspecto atroz. De igual modo tenía una expresión desagradablemente dura, poco afable y severa. Su cabeza despeinada, las sienes hundidas, las no ya tan precoces canas de su barba larga y estrecha, que dejaba entrever el mentón, el color gris pálido de la piel, sus maneras descuidadas y entorpecidas por el alcohol, hacían pensar en las grandes estrecheces sufridas, en las privaciones de sentimientos agradables, en un cansancio de la vida y de los hombros. Al ver su seca figura, resultaba imposible pensar que hubiera gozado alguna vez del sexo acompañado si no hubiese forzado la situación.

Cuando el Tirao toco el hombro de Antoñito este reacciono con un sobresalto, esta situación generó las risotadas de Samuel y Seny, provocando a su vez, que aflorara en Antoñito un semblante apocado y acto seguido un fiero sentimiento de cólera. Rabioso por la vergüenza sufrida ante sus colegas, Antoñito empujó con violencia a él Tirao y este se desplomó contra la arena.

Lejos de generar compasión en el grupo, Samuel, Seny y Mamen, comenzaron a desternillarse con desprecio y sarcasmo del Tirao. Esto alentó aún más a Antoñito, y terminó la jugada con una patada en el costado del Tirao y un salivazo sobre su rostro. Después lo celebró con un sonoro golpe en la mano de Samuel.

Durante todo este tiempo Romay había asistido imperturbable a lo acontecido, no rió, no aplaudió ni animó a Antoñito, como sus compañeros. Una vez finalizado el repugnante show, se levantó del banco, se agachó frente al Tirao, y le ayudó a levantarse. Esto sorprendió a sus compañeros e incluso Samuel y Seny intentaron persuadirle para que no hiciera nada. Este se volvió hacia ellos y les guiñó un ojo. Estos silenciosamente se sonrieron y le dejaron hacer.

Con el Tirao apoyado en su hombro, Romay se adentró a solas con él por el abigarrado boscaje que circundaba el sendero. El Tirao farfullaba maldiciendo en un idioma ininteligible sobre lo ocurrido y sobre su existencia, Romay solo llego a comprender en varias ocasiones: -“Me cago en mi puta vida”. Alejados ya y confundidos por la oscuridad y la distancia, Romay sacó un clínex de su bolsillo, limpió el escupitajo de la cara de el Tirao y comenzó a susurrar en su oído. A medida que avanzaba el mensaje de Romay, a medida que las palabras brotaban de su boca, el semblante del Tirao se tornaba más oscuro.

Tras unos tensos minutos de espera por parte de los compañeros de Romay, entre risas y nerviosismo, Antoñito creyó escuchar como un pequeño susurro llamándole desde la oscuridad del bosque. Antoñito acudió a la llamada, se adentró torpemente por el enramado sendero y creyó ver a Romay en un pequeño claro entre la oscuridad, Antoñito llamó su atención con una risa floja pero Romay no contestó, al acercarse para tocarlo noto un fuerte golpe en su cabeza… tendido en el suelo, casi inconsciente solo tuvo tiempo de observar como el Tirao levantaba sobre su cabeza una enorme roca justo antes de dejarla caer sobre su cráneo. Romay limpio unas gotitas de sangre que cayeron sobre su mejilla y con voz trémula exclamó: -“Samuel, puedes venir un momento”. Luego invitó al Tirao a refugiarse en su escondite no si antes recordarle que se llevara el cuerpo de Antoñito…

A las 1:30 h. a.m. El Tirao y Romay salían del sendero al ancho carril iluminado por la tenue luz de una farola, nadie andaba por los alrededores. El Tirao estaba cubierto de sangre y temblaba por la excitación de lo ocurrido, sus piernas no paraban de temblar y se agachó en el suelo para coger aliento. Romay sacudía el barro de sus zapatos, en ese instante el Tirao pregunto a Romay que por que le había ayudado a vengarse de sus amigos. Romay contesto: -“Me tenían atrapado, por eso les odiaba, y tú les odiabas tanto como yo, como también me odias a mí, desprecias a toda la gente que es como nosotros, porque nos envidias. Yo también te odio, te desprecio hasta tal punto que el corazón me hace daño y tengo la firme convicción de que la gente como tú solo servís como peones para que la gente como yo consigamos nuestros objetivos”. Acto seguido, golpeo con una fuerte patada la cara del Tirao.

Romay volvió a adentrarse en el bosquecillo y tomo el tronco manchado de sangre que el Tirao había utilizado para asesinar a sus amigos, golpeo contundentemente el cráneo del Tirao que se encontraba tendido en el suelo del camino y tras asegurarse que no respiraba, golpeo su propia cabeza con el tronco de un árbol cercano hasta hacerla sangrar y desgarró su cara camisa de Armani… Tras esto cogió su móvil y marcó el número de emergencias.

sábado, 17 de octubre de 2009

FIN DE SEMANA


Yo siento que…


La noche fue pesada.
La creí como quien ve a millones de muertos volver.
Y en mi cara cargada.
Veo que no puedo recordar lo que hablé con la gente ayer.


Ahora prefiero quedarme tumbado junto a ti.
Podemos esperar lentamente.
Ir a ver a los chicos pasear por el jardín.
Caminar pausadamente.


Me gusta sentarme en un banco al atardecer.
Pero a la mañana.
Estamos haciendo lo que mejor se nos da…
Quiero amarte por la mañana,
Cuando aún se nota en ti la resaca.
Amarte por la mañana,
Cuando aún estás enfadada.


Yo creo que…


Trabajo duro toda la semana y tú eternamente.
Nos merecemos una siesta.
Invadidos por la ortodoxia de reptiles profundamente.
Nos merecemos una tregua.


Quiero mirarte al regresar destrozada y aún desear poseerte.
El sexo deja un sabor amargo.
Quiero untar aceite en tu espalda y ser un voyeur al ducharte.
Tomar de ti sin recargo.


Tener las respuestas correctas, llevar los mejores zapatos.
Pero a la mañana.
Estamos haciendo lo que mejor se nos da…
Quiero amarte por la mañana,
Cuando aún se nota en ti la resaca.
Amarte por la mañana,
Cuando aún estás enfadada.