jueves, 22 de abril de 2010

El Hastío.


Una vez hace épocas, donde moraban las brumas del mar vivía un niño. Sin padre, sin madre; todos estaban muertos. En aquel lugar nadie seria jamás abandonado.

En el mundo entero todo era ese niño, pero como era un niño se aburría por lo que pasaba las horas buscando algo. Buscaba juegos, buscaba seres vivos, buscaba un padre y una madre. Buscaba cosas que dieran sentido a esa soledad. En siglos no había encontrado nada. Continuó su búsqueda, por el día y la noche y ya que nadie ni nada parecía existir sobre la faz de aquella tierra, pensó: -“Quizás he de subir al cielo, la Luna siempre me mira amistosa, así que esperaré al anochecer”. Aquella noche ascendió hasta la Luna y cuando finalmente se posó sobre ella comprobó que se trataba de un pedazo de madera putrefacta, y quedó desencantado. Pensó entonces: -“El Sol, siempre me dio calor y luz… al amanecer me posaré en él.

Al despuntar el día él fue al sol y cuando se posó sobre él, el sol era un girasol marchitado y estaba perdiendo sus pétalos. No había tenido mucha suerte, así que decidió ir a las estrellas. Pensó: -“Algo tan pequeño y tan bello siempre me ha de sorprender”. Cuando se puso delante de las estrellas, estás salieron corriendo por que eran muy desconfiadas y no se fiaban de un niño tan viajero. Sobresaltado por la reacción de las estrellas corrió tras ellas pero solo pudo atrapar la estela de la más pequeña y lenta. Entonces decidió hacer arena con la estela de la más lenta y la puso en un macetero de madera de luna y plantó una pipa de girasol de sol. Orinó sobre ella y nació un endrino.

Entonces bajó con su endrino a la Tierra, y allí seguía todo solitario. El aburrimiento era tal que arrancó hojas de endrino, las enrolló y se fabricó un cigarro. Tras esto, cortó una rama y frotó la madera para hacer fuego, encendió su cigarro y absorbió con fuerza inusitada y el pelo se le tornó en blanco, el macetero se convirtió en un pote de orina volcado y volvió a sentirse solo… eso sí ya no paró de fumar y la bruma aún se hizo más espesa.

Esta es su historia.

martes, 30 de marzo de 2010

En el cajón.


El tiempo es el tiempo, la bruma se dibuja en él.
Todo lo que ha pasado tiene su razón de ser
creíste que todo es paulatino y no hay nada que puedas controlar.
Luchaste contra el encuentro y concluiste que la batalla estaba perdida,
esa fue tu victoria.
Al final lo que te quedará será lo que nosotros queramos,
lo puro,
sin subterfugios,
lo que seamos capaces de guardar en el cajón.

sábado, 16 de enero de 2010

EL CACHORRITO


El silencio no pudo ayudar a Antoine a conciliar el sueño aquella noche, por ello no parecía asustado ni sorprendido cuando el magnetofón-grabador de Sara se posicionó entre su cara y la de la periodista. Aquella mudez, sin duda, era oriunda del mismísimo infierno, habían pasado ya nueve días desde el terremoto y esa había sido la única noche en la que el llanto no había paseado su estribillo desesperante por las calles de la zona sur de Puerto Príncipe.

Antoine había trabajado durante toda su vida como conductor de un autobús destartalado que realizaba el recorrido hacia el interior y la República Dominicana por la autopista 102. Entonces llegó la crisis del 2004 y la caída del gobierno de Jean-Bertrand Aristide. No fue lo único que se perdió en Haití aquel año; Chantal, su esposa, moría acribillada a balazos en una calle de la capital. Fue entonces cuando abandonó su empleo para criar a su hija Mary. La intervención de su primo Pierre Rigueur, que era profesor en la Universidad del Estado de Haiti, le ayudó a conseguir un empleo de conserje en el Museo Nacional de la Caña de Azúcar, en el Boulevard 15 de Octubre; y era aquí donde se encontraba cuando le sorprendió la catástrofe.

Había caminado durante un día entero para llegar hasta la zona sur, la zona más afectada por el terremoto, y por ende, donde vivía junto a su hija y su cuñada, también viuda. Donde se hallaba su casa encontró en su lugar una abigarrada montaña de escombros. El llanto y la desesperación inundaron su alma; destrozó sus ya maltrechos huesos retirando escombros con la intención de encontrar a su hijita. Tras horas cavando, pudo vislumbrar en la oscuridad del atardecer, el lacito rosa con que, en la mañana del terremoto, su cuñada había trenzado el pelo de Mary. Pidió ayuda desesperadamente, no la recibió.

Los supervivientes de la capital deambulaban por sus calles en busca de sus familiares desaparecidos, enterrando donde podían a sus muertos o tratando de abordar las ruinas de supermercados para hacerse con un cartón de leche o encontrar entre los escombros algo que llevarse a la boca. La angustia había llevado a algunos a formar murallas con cadáveres con el fin de bloquear las calles en una suerte de protesta desesperada por la lentitud de la llegada de las ayudas. Y es que, uno podía recorrer las calles de la ciudad destruida durante horas sin encontrarse ni un rastro de ayuda internacional.

Como pudo, Antoine sacó el cuerpo destrozado y sin vida de Mary de debajo de los cascotes y lo apoyó encima de un viejo tablazón que pensaba utilizar como camilla, tapo su cuerpo con lo que parecía una sabana raída y se dispuso a continuar con su desesperada búsqueda; su intención ahora, era la de encontrar, algo de lo que ya estaba seguro, el cadáver de su cuñada Viviane.

Cuando los primeros rayos de sol se dejaron ver a través del humo y la bruma, Antoine perdió toda esperanza de encontrar a Viviane, se desplomó sobre la tierra, y sin dejar de llorar, formuló una plegaria en honor de su cuñada. Tomó la improvisada camilla donde se encontraba el cuerpo de Mary y se dispuso a darle sepultura. Era ya mediodía cuando Antoine llegó al cementerio Carrefour Academie, en el acomodado barrio de Petion Ville; cuando el sol ya estaba en todo lo alto y el olor a descomposición lo inundaba todo. Había caminado durante horas arrastrando el cadáver de su hija con la intención de enterrarla con sus propias manos. Llevaba un palo grueso y había colocado dos ramitas de hierba buena en los orificios de la nariz de Mary. Los sepultureros le cerraron el paso. Le dicen que tendrá que pagar unos centavos o tirar a su hija en una de las muchas fosas comunes de la ciudad.

A Antoine le pudo la rabia, enseñó su palo agitándolo en señal de lo que puede llegar a hacer un hombre desesperado. Uno de los sepultureros se abalanzó sobre él y este le respondió con un contundente garrotazo que inmediatamente hizo brotar la sangre a borbotones de la cabeza del iracundo sepulturero. El resto atemorizados se apartaron del camino de Antoine que finalmente consiguió entrar en el camposanto con su hija muerta.

De camino a un trozo de tierra libre pasó junto a un grupo de cadáveres que se descomponían al sol y a los que nadie se había preocupado de enterrar. El olor a muerte y el calor asfixiante le hacían dar arcadas. Creyó ver, a uno de los cuerpos retorciéndose entre la putrefacta carne de sus compañeros, detuvo su marcha, alzó su cabeza y tras asegurarse de que el supuesto movimiento solo había sido una maldita broma de las sombras que proyecta el sol en su cenit, continuó su camino… tras unos metros, se giró para mirar de nuevo. Antoine se perdió llorando por un paisaje dantesco.

De regreso Antoine se estancó frente de la pila de cadáveres, haciendo un esfuerzo sobrehumano para soportar el terrible hedor, se acercó para observar mejor y ahora si pudo distinguir un suave balanceo debajo del brazo de uno de los cuerpos. Rápidamente aparto el cuerpo sin vida que cubría lo que él creía pudiese ser un superviviente, cuál fue su sorpresa cuando descubrió un pequeño cachorrito de pequinés, probablemente propiedad de algún potentado de la zona residencial cercana al cementerio. El perrito estaba muy débil y profundamente aturdido y asustado. Antoine lo cogió entre sus brazos, lo miró con ternura y se alejó del lugar camino de la zona sur.

Sara realiza las preguntas de rigor a Antoine: -“¿Dónde le sorprendió el terremoto?, ¿Perdió a algún familiar?, ¿Cuál es su nombre?” Este responde amablemente al caro artefacto electrónico de Sara, pero luego, cuando ve que eso era todo, pregunta con un tono incipiente de rabia y desesperación: - “¿Eso es todo?, ¿Solo quería hablar? ¿Cuándo vendrá alguien que no solo quiera hablar y nos traiga un poco de ayuda?” Sara entre sorprendida y asustada saca de su mochila una barrita energética y se la ofrece a Antoine. En ese instante Antoine rompe a llorar y roto de dolor le dice a la periodista: “No tengo hambre, hoy desayuné cachorrito… me comí al cachorrito, me comí al cachorrito…” Y se abraza a los pies de Sara como un niño asustado.

martes, 5 de enero de 2010

AMIGOS.


Entonces nos encontraremos otra vez después de varios años
Varios años siguiendo adelante tras las ausencias,
Movimientos alrededor de nosotros gastarán las memorias,
Tiempo que pasaremos persiguiendo las sombras de otros.

El invierno y la primavera, el verano y la caída
Como surfistas de viento que cruzan el espacio
Surge ese barco detrás y parece revolver las murallas
De anécdotas, mujeres, alcohol y camaradería

Tú estás encima del dedo del pie de alguna chica al bailar.
Yo camino por la platea de la incertidumbre en la línea del coro.
El río y el mar, recogiendo la sal. Por el aire aparece una nube.
Donde se nos ve más jóvenes, donde reímos sin parar.

martes, 29 de diciembre de 2009

SIEMPRE ACTUAS DURO


¿Qué tal, chica hielo? Siempre actúas duro.
Imaginaba que esto estaba en ti, no duele nada.
He esperado demasiado tiempo, tras el muro.
Debiste hacer perchero de mí, antes de hacer la fosa.


Muy bien, lo acepto. Eres formal no por tradición.
Nada de lo que puedas decir reflejará lo que sientes.
Porque, te encuentras vulnerable cuando abro tú cajón.
Porque es sencillo vislumbrar cuando tu cuerpo no miente.


Podrías perder el control, perder la lengua.
Perderme a mí susurrando a mí oído cuando encubras.
Que quieres, esta noche perder las riendas.
Terminar mirándome de lado desde las alturas.


Nada de lo que digas va a cambiar como me siento.
¿Qué es por tanto para ti el amor? Juguetear con los límites.
Los dos estamos jugando y no podemos hacerlo en silencio.
Los dos jugamos, con la esperanza de quiméricos amores.


Vamos a ser valientes pues, y ocupar nuestro lugar.
La historia podrá ser solo como nosotros ambicionemos.
Nos acostumbraron a aceptar solo media felicidad.
Somos dos almas perdidas en la realidad que deseamos.
La que tú deseas, la que yo deseo… Bien; ¿quizás nos queremos?

domingo, 22 de noviembre de 2009

EL CAZADOR DE YACARÉS


El amanecer en la cuenca del Orinoco siempre es diferente, el de hoy es mágico.

El filo de la mañana se desdibuja en la niebla del río. Como una misteriosa cenefa, las lejanas orillas van pasando lentamente. Los empañados cristales de agua se hacen añicos en silencio y notas el vuelo de un solo pájaro alejándose, flotando y fundiéndose con los misteriosos sonidos de los canales.

Gené Sequeiros, el chamán, el día en que nací, escupió una joya verde en las verdes profundidades, empujó su embarcación hacia un destino atemporal y regresó a los arboles bajo los que quizás fui concebido, se detuvo y mirando hacia mi madre, le dijo: -“Será cazador de Yacarés”. Después suspiró, se arregló el sombrero y siguió su camino.

Evocar las viejas historias, siempre me ha entristecido, así que, quizás la caza me sirva de alivio, como un interludio, para poner en orden las ideas, para descubrir por qué me preocupa tanto… Así pues me sumerjo.

El fondo del río es fosco y desordenado, hay latas oxidadas a mis pies y voy penetrando en la penumbra movediza… entonces lo veo, uno de los más grandes que he visto nunca, un monstruo y va a por mí. Se sumerge silencioso, es el perfecto asesino; se hincha escondido tras las arcillas del fondo. Como un proyectil verde, oculto pero peligroso, como un anhelo acallado. Rodeo su cuerpo, frio y resbaladizo, y lucho contra él tratando de identificar mediante el tacto una forma oculta a modo de punto débil. Lo consigo.

Saciado brevemente por el regocijo de la caza suelto al animal y le veo caer, le veo ir a hundir la cara en el cieno y los sedimentos del fondo de donde había venido, mi victoria está asegurada… le perdono, le dejo ir… por el momento.

Ella me espera en la orilla, me dirige una mirada de interrogación…pero no me presiona, sabe que le contaré todo cuando esté preparado, me conoce y conoce mi forma de ser.

Caminamos, los arboles dan forma a nuestro silencio, un silencio digno de la Isla de Pascua, conservado por respeto a estas presencias antiguas y gigantescas. Desde mi llegada a la orilla nos hemos besado, hemos hablado, nos hemos abrazado… y nada más. Lo que no hemos hecho está suspendido en el aire que nos separa y le da a ese pequeñísimo espacio más significado del que tenemos nosotros. Y no nos detenemos hasta que nuestro desplazado deseo parece estar en cada golpe de viento y brizna de hierba, y nos miramos… y sonreímos. Hemos dicho tanto con tan pocas palabras. He visto soles lejanos en el delta, pero no son nada comparados con la timidez de los amantes conocidos, que en la preparación del amor vuelven a ser fascinantes extraños. Y sientes que en todas tus solitarias orbitas ella era el planeta y yo el satélite, hasta que su gravedad me reclamó, me devolvió a casa.

Su aroma, las nubes de alabastro veteado de lluvia que caen en ráfagas sobre sus cumbres, sobre las dunas de sus bancos de nieve. Crece la tensión superficial que nos aprieta en la cara, en las piernas. Soy la hierba que hay bajo sus pies. Coge un fruto, indefenso en sus manos, lo acerca a su boca, lo acarician sus labios que se separan y espero ante su lengua que es como un manto de rosas con dorados hilos de saliva como riendas. Es la señal…empieza el tiempo fuera del tiempo.

Hundo mi cara en su bosque perfumado de zarzas, dobladas por el rocío blando de mi lengua. La boca de un volcán, trenzada en el vapor… un fuego hundido en su núcleo, en su corazón rojo y anegado de mena. No es solo el deseo lo que acelera mis manos e infla sus velas. Pero hay deseo.

Me quiere.

Con gritos diminutos, medidos… como si la hundieran lentamente en un agua demasiado fría o demasiado caliente. La recorro con los dedos que son perros sin correa en el parque de su espalda donde caen pequeñas hojas y pétalos aplastados.

No me quiere.

Soy la roca blindada de lapas, ella es la marea… espuma blanca flota bajo su cuello, sus hombros. El mar y la orilla, chocamos, caemos hechos pedazos,… chocamos, caemos.

Me quiere.

En una tierna unión, en la que convergen nuestros dos mundos comienza el incendio, me pierdo en sus cuevas y ella aúlla, y su grito es como el fuego de la jungla.

No me quiere.

Su mundo y el mío atrapados en una órbita de colisión, giran cada vez más rápido, se entrelazan aún más, desesperados, ante el impacto final… nuestro sublime apocalipsis, y sí, y no, y sí me quiere, y no me quiere,… y ya no importa.

Y tras el amor se duerme…

Es muy humano afirmar la vida con tanto empeño, tan físicamente entregando el cuerpo a un antiguo y rudimentario cerebro pélvico, y después permitir que cese toda esa vitalidad. Marcar un contraste entre esos momentos apasionados y carnales y las largas horas de letargo… Es muy humano… pero cada vez yo lo soy menos, así que ella duerme, y yo velo.

Aunque la carne debe descansar he superado ya esas necesidades, los únicos impulsos humanos que me quedan son solo los que he decidido conservar. Los demás ardieron cuando maté al primer Yacaré, la noche en que estalló mi mundo cómodo y seguro, y sus restos se hundieron en el río, los devoró, quedaron reducidos a un cuerpo hueco y de aquellos horribles restos surgió un dios del bosque, surgió el cazador.

Aun con todo, no puedo arreglar el mundo, su mundo, mi mundo… me siento y pienso toda la noche sobre ello y tras tomar una terrible decisión dejo de pensar, mi humanidad y su humanidad deben triunfar o fracasar por sus propias cualidades, más no por nuestro empeño. Pero ahora es nuestro momento, hasta que el momento muera, aún después solo si puede ser. Y duermo solo porque quiero.

A la mañana, le palpitan los parpados como polillas que intentan escapar del espeso fango del sueño. Desayunamos fruta fresca, la miro mientras se limpia el zumo de la barbilla y le queda el brillo de la piel tensa en la palma de la mano. Después paseamos, me sonríe, nos besamos, saboreamos el nuevo día, todos sus aromas y todas sus promesas…

Pero el día se enluta al adentrarnos en el abigarrado bosque galería que circunda el pantanal, yo no me he dado cuenta, me encuentro absorto mirándola, su media sonrisa, su rubia cabellera, sus pequeños senos goteados en sudor cual rocío sobre naranjas y esa mirada expectante y sencilla que me tranquiliza y me da la vida. Él sin embargo la observa de otro modo…

Nunca sabré por qué le dejé con vida, por qué no obedecí a mi naturaleza y partí su cuello como mil veces hice en el pasado. De sobra sé que un yacaré herido en su orgullo es más letal y vengativo aún que uno herido físicamente. El golpe de su cola es tremendo, pierdo el sentido y no tengo tiempo de reaccionar… Al despertar solo veo sangre, un gran charco de sangre… Y grito. Ya solo grito.

domingo, 8 de noviembre de 2009

VIVR DONDE VIVO


Montado sobre mis conocimientos
Qué confiado adquirí de forma rara
Será lo que quede en mi historia registrada
En la cinta que narre todos los momentos


Seguramente, no todos permanezcan
Y en constelaciones el pionero quede definido
El mismo que siempre he compartido
Con los que de modo intrigante me adormezcan


Esta pequeña confianza secreta
Pues creo saber cuál es la causa
Nace de decir la verdad que arrasa
En las mentes de aquellos que no respetas


Nadie, alguna vez sabrá que esto
Solo tendrá sentido si el enemigo escucha
Porque si no es conversación de nadie
Y ya no tendrá clara cuál es la lucha


Este discurso que surge de la simpleza
Pero de la más difícil y escarpada
Una vez descubierta es mala hermana
Y ya no te abandona la tristeza


Pero siempre queda la esperanza
Que vive en los que amas en tu tierra
Cientos de almas con corazón de sierra
Definidos por el trabajo y la templanza


Y es que a estos no hay que convencerlos
Hay que dejarse convencer por sus discursos
Ese que surge de echarle a la vida pulsos
Del que risas y lágrimas forman sus alientos